Opinión

Las tierras del cóndor

Los días soleados que en los diciembres suelen aparecer sobre Bogotá y la sabana, bien sea con fenómeno de El Niño o sin él, hacen de la zona central del país un magnífico lugar para visitar durante la temporada de fin de año. Cuando el cielo se desprende de nubes, se tiñe de azul celeste y el sol parece abrasar con sus llamaradas, no existe una mejor opción que dar una vuelta por esos particulares alrededores para disfrutar del paisaje y respirar el aire fresco que tanto falta en la cotidianidad de la ciudad.

Para deleite de quienes se acercan por estas épocas, las decoraciones navideñas transforman a la capital en una metrópoli más alegre, cálida y acogedora, y suficientemente recursiva en propuestas de entretenimiento, diversión y compras. Existen miles de cosas por hacer y decenas de lugares para visitar. Pero un excelente programa alterno, después de haber subido al cerro de Monserrate y repasado los archivos históricos empotrados entre las callejuelas de La Candelaria y las salas de los museos que se desperdigan en el corazón de la ciudad, es tomar camino por cualquier rumbo de la Sabana variopinta para descubrir la variedad de sus encantos.

Un recorrido infaltable debe enfocarse hacia los majestuosos cerros orientales, símbolo de la identidad bogotana y principal fuente de naturaleza y de producción de aire puro. Con un pronunciado ascenso desde el norte de Bogotá se da comienzo a un paseo placentero con inocultable sabor andino. Serpenteando la montaña se atraviesan pueblos que se encaraman sobre sus faldas o se yerguen a los pies de la legendaria laguna de Guatavita. Luego de una sucesión de quintas campestres que sirven de mirador de la ciudad, se encuentra el Parque Nacional Natural Chingaza, exótico paraje bucólico, refugio de una vistosa variedad de fauna y flora, que bordea los límites de 11 municipios, siete localizados en Cundinamarca y cuatro en el Meta.

Separadas por un par de kilómetros, y dispersas sobre la colina, brotan las pintorescas casas de ladrillo de La Calera, entre las que se eleva la cúpula amarilla de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, cuya torre y parte del camarín datan de la Colonia. Esta población artesanal, famosa por sus muebles de mimbre y madera, invita a saborear algunos encantos coloniales, como la emblemática Casa Municipal y el hermoso templo revestido de pinturas e imágenes religiosas del siglo XVII.

Cerca de allí se localizan el Camino al Meta, antigua vía de herradura; el majestuoso cerro La Pita; el humedal La Chucua y las lagunas Brava y Chichita, surtidores de mitos y leyendas municipales, y las enigmáticas peñas de las Águilas y Tunjaque, desde donde se divisa la Sabana y se contempla la magnitud urbanística de Bogotá. Se configura un sobrecogedor escenario natural disponible para amantes de la paz y la tranquilidad, que puede disfrutarse en caminatas ecológicas, cabalgatas y experiencias de altura con la práctica del parapente.

Retomando la vía, por cuyas orillas desfilan en lontananza nudos de montañas alfombradas con tonos verduscos, se encuentra Cuatro Esquinas, punto opcional de desvío a Sopó, un pequeño municipio dominguero, en cuyas inmediaciones reposa, espléndido, el Parque Ecológico Pionono, y centro de peregrinación por su Santuario del Señor de la Piedra, donde se venera una imagen hallada dos siglos y medio atrás, y la antigua iglesia del Divino Salvador, patrimonio cultural del departamento.

De inclinarse el rumbo, a cinco minutos, está Guasca, otro típico poblado sabanero, caracterizado por sus tibias fuentes termales y la bellísima laguna de Siecha, que recibe a los viajeros con sus aguas transparentes y sus amplias áreas de campismo. De seguir derecho, y bajo un sombrajo aromoso de urapanes, eucaliptos y siete cueros, se llega a Guatavita, luego de recorrerse las riberas ondulantes del embalse de Tominé, del que se desprenden pequeños muelles de clubes náuticos, y donde es común la práctica de actividades de vela y esquí.

Guatavita es un municipio joven, uniforme, de casas blancas con techos de teja roja, construido tras la inundación del pueblo antiguo. Su iglesia, museos, edificios públicos, plaza de toros y en general toda su pequeña infraestructura urbana tiene un atractivo corte modernista. A 20 minutos, y de regreso para Bogotá, se descubre Sesquilé, bellísimo pueblo artesanal untado de Colonia, revivida con su iglesia parroquial del siglo XVII y la capilla de Los Dolores, del XVI. Recónditas cuevas, como la del Murciélago, son ideales para el disfrute de los espeleólogos.

Entre montañas y rocas, los apacibles alrededores de Bogotá, rodeados de fresca naturaleza, les ofrecen con este circuito por las Tierras del Cóndor una excelente oportunidad a todos aquellos viajeros que deciden sacudirse de la rutina de la vida urbana y se lanzan a la travesía de buscar paz y tranquilidad, agregándole a su paseo una merecida dosis de adrenalina.

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@Gsilvar5

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