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Homenaje: Serenidad de Javier Darío Restrepo

8 Octubre 2019.

  Por: Nelson Fredy Padilla / El Espectador.

La primera vez que entendí que había nacido y vivía en un país en guerra fue mientras oía la voz pausada de un hombre que narraba los pormenores de un ataque de la guerrilla en las afueras de Bogotá a través del noticiero de televisión 24 horas. Empezaba a estudiar periodismo y tanto como los hechos me llamó la atención el timbre de la voz madura que explicaba con claridad lo sucedido y citaba las versiones de las partes enfrentadas. Me pregunté cómo hacía ese reportero para informarse y transmitir el reportaje con una calma que era sinónimo de claridad. Mi papá, al ver mi interés, dijo con certeza: “Es Javier Darío Restrepo”. Lo pronunció con la misma solemnidad con que se refería al asesinado director de El Espectador, don Guillermo Cano, y a Germán Castro Caycedo por su programa Enviado especial.

Siempre veía los informes de Javier Darío con admiración y la distancia del televidente, hasta que llegó el momento de hacer prácticas profesionales y por azar terminé asignado al cubrimiento de orden público, es decir, a informar todos los días de los operativos de la Policía y las Fuerzas Militares contra la guerrilla, y viceversa. Cuando me pidieron un tema para la tesis de grado me llegó a la mente la imagen de Javier Darío para resolver la pregunta de cómo se cubría la guerra en Colombia. Lo busqué para que me diera su testimonio y fuera el asesor de mi tesis, finalmente un manual para ser, en la práctica, lo que entonces se llamaba periodista judicial.

Le hice antesala varias mañanas y tardes en el edificio de Compensar, en la avenida El Dorado con avenida 68 de Bogotá. Un día salió de la sala de edición sin el afán de los demás periodistas, más bien con la representación de la serenidad. Caminó hacia mí, se sentó al lado como si tuviera todo el tiempo del mundo y me preguntó en tono confesional qué necesitaba de él. Cuando le expliqué, sonrió con consideración y me puso unas tareas básicas para investigar y entender qué eran las Fuerzas Armadas gubernamentales, qué era la guerrilla y qué era el narcoterrorismo que por esos días asolaba el país. Mientras cumplía con el trabajo de campo me di cuenta de por qué el respeto de mi papá por él. También todos los periodistas lo respetaban. Claro que ninguno parecía seguir su ejemplo. Gracias a su guía hice la tesis y me gradué.

Veinte años después, los dos recordamos las anécdotas entre el aeropuerto de Rionegro y Medellín, cuando recibió el Premio a la Excelencia Gabriel García Márquez convocado por la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Durante este tiempo, Javier Darío Restrepo se consolidó como decano de la profesión, no solo por su profesionalismo sino como formador de nuevas generaciones. Maestro de reportería, de televisión, de radio y de narrativa. Escribió una veintena de libros a través de los cuales plasmó su relación con los conflictos, desde el rigor del investigador en Testigo de seis guerras (las centroamericanas, la de las Malvinas, la del Líbano y la colombiana) hasta la construcción de la ficción en Era de sangre, la novela en la que empieza a dejar por escrito interrogantes no absueltos en sus informes como por qué, una y otra vez, en una constante macabra, después de las guerras se enterraban las armas y se desenterraban por la fragilidad de los pactos de paz.

Como buen lector, siempre le gustó transitar la frontera entre filosofía, periodismo y literatura, tan enriquecedora y sinuosa.

Con más de 80 años de edad mantuvo una envidiable disciplina de investigador y durante más de 15 años resolvió las dudas éticas de periodistas del mundo hispanoamericano desde un consultorio virtual de la Fnpi.org, en el que analizó el comportamiento frente a las dudas de lo que llama “la verdad provisional y fragmentada del periodista” y la forma de utilizar a favor las nuevas tecnologías de la comunicación. Todo con la misma tranquilidad con que hacía sus reportes de última hora en televisión, cuando no existían internet ni la globalización informativa.

Con la autoridad de la experiencia y el buen ejemplo reclamaba el regreso de los periodistas a la calle, al trabajo de campo, a las raíces del oficio. Le molestaba ver cada vez más reporteros anclados a los escritorios, amparados en la “inmediatez” y la “infalibilidad” que les atribuyen a las redes sociales. El ritmo vertiginoso de las comunicaciones de hoy era para él sinónimo de desinformación. A los nuevos verbos digitales, chatear, twittear y feisbuquear, él les antepuso otros que parecen refundidos en el caos: investigar, confrontar, interpretar, argumentar, reflexionar, contextualizar.

Su método era que la calentura se enfrenta con cabeza fría, con el criterio pulido por la lectura y la escritura, por la relectura y la reescritura. Que el mayor patrimonio del periodista es su nombre, como pedía su amigo y también admirador, el escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez, y por tanto vivió a distancia del poder, de los cocteles, de las vanidades.

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