El caso de ‘Semana’: la ética, los derechos y los deberes de la prensa

14 Junio 2019.

Foto: iStock Photo.

De entrada, y desde la primera línea, quiero dejar rotundamente en claro que yo no soy juez de nadie ni árbitro del trabajo ajeno. Líbreme Dios. Por eso, lo que viene a continuación no es una crítica al periodismo y a los periodistas. Es, eso sí, una autocrítica que empieza por mi propia cabeza. Soy el primero en incluirme en esta crisis.

Por:  Juan Gossain, El Tiempo.

La opinión pública es la que me habla del tema dondequiera que voy y en cualquier parte, los comensales en un restaurante o los vendedores ambulantes en la mitad de la calle. Además, en los últimos tiempos se ha puesto de moda que lo inviten a uno diariamente a congresos y seminarios, a foros y encuentros, a debates y asambleas para hablar siempre del mismo asunto: la actual crisis del periodismo en el mundo entero y, particularmente, en Colombia. Eso demuestra que, por fortuna, entre los ciudadanos hay interés y preocupación por un problema tan inquietante.

Para empezar, por lo que he leído, visto y oído en varios medios, los periodistas y las empresas de comunicación reclaman, con razón, su derecho a informar libremente. Pero olvidan, sin razón, su obligación de informar éticamente. Obligación, digo, de informar correctamente, oportunamente, imparcialmente, con veracidad e independencia. Son los principios inmutables del oficio.

No le demos más vueltas al asunto: lo que quiero decir es que todo derecho lleva implícito un deber. Por eso es que el derecho a tener una prensa libre incluye la obligación de ejercer esa libertad con honradez. Entre los dos, derecho y obligación, forman una unidad. En eso consiste la integridad moral.

Como consecuencia de ello, nadie puede reclamar su derecho si no cumple con su deber. Son inseparables. Los periodistas tenemos derecho a ser libres, pero estamos obligados a ser éticos. Los griegos antiguos decían que un hombre es verdaderamente honesto cuando mide sus derechos con la misma regla de sus deberes.

¿Para quién trabajas?

Un periodista auténtico no es más que un fiscal que trabaja al servicio de la opinión pública. Ahora recuerdo lo que me sucedió hace ya varios años. Un funcionario del palacio presidencial me preguntó en Bogotá:

–Usted trabaja para RCN, ¿verdad?

–No, señor –le respondí–. A mí me paga RCN, pero yo trabajo para la gente.

Poco después, en diálogo con un grupo de estudiantes de periodismo, en la Universidad Tadeo Lozano, uno de ellos me preguntó:

–¿Es verdad que hay periodistas a los que compran con un almuerzo?

–Desgraciadamente –le dije– es verdad.

–¿Alguna vez han intentado comprarlo a usted con un almuerzo? –insistió él.

–Muchas veces –le confesé.

–¿Cuándo fue la última vez?

–Hace apenas una semana.

–¿Y usted qué contestó?

–Que si no me había dejado comprar cuando no tenía con qué pagar el almuerzo, menos me voy a vender ahora que estoy a dieta.

Las redes sociales

Este deterioro de la calidad tanto informativa como ética de la prensa empezó a notarse hace cosa de veinticinco años, cuando surgieron las redes sociales en el mundo entero, como un prodigio de las nuevas tecnologías y del talento humano, para conectar a la gente entre sí, directamente, sin intermediarios.

Con el paso del tiempo y el vértigo de los nuevos inventos, las fuentes que originan las noticias comprendieron que ya no necesitaban a los medios de comunicación para divulgarlas. Bastaba con abrir su propio portal. Ese fue el primer cambio revolucionario. Con el paso del tiempo, la situación se ha vuelto tan crítica para los medios tradicionales que, según las investigaciones más confiables, solo el 25 por ciento de los jóvenes entre 18 y 30 años se enteran de las noticias en la prensa. El 75 por ciento restante las busca en internet.

El vendaval de la locura humana. Las redes, sin control de nadie, y sin manera de que uno pueda verificar lo que dicen, se volvieron mentirosas, manipuladoras, ladinas. Y, además, triviales y faranduleras. Se llenaron de aprovechados y farsantes. Mentiras que vuelan por celulares y computadores.

La desgracia quedó completa cuando, al poco tiempo, la prensa tradicional, compuesta por periódicos, televisión, radio y revistas, cayó en la misma tentación y, en vez de tomar distancia de las redes y de sus vicios, se puso a imitarlas e, incluso, a copiar lo que publicaban.

Es así como cogimos la tecnología, el avance más prodigioso concebido en nuestra época por el talento humano, y la hemos convertido en una estafa vulgar al servicio de intereses mezquinos, ya sean políticos, sociales o económicos. O personales. O, incluso, sexuales.

¿Noticias o avisos?

Si ese es el sombrío panorama en las grandes ciudades, imagínense ustedes lo que está pasando en pueblos y regiones, en manos de candidatos y politiqueros de toda índole. Peor aún en estas vísperas electorales.

Toda esa chifladura provocó un deterioro estrepitoso no solo de la credibilidad de las empresas periodísticas, sino también de sus finanzas. Los avisos empezaron a escasear y los despidos aumentaban en las redacciones. 

Para conseguir dinero, seduciendo a los anunciantes, aparecieron los avisos disfrazados de noticias. Ladinamente, pero con poca sutileza, borraron las fronteras que distinguen lo uno de lo otro. Y se formó un sancocho tan grande que, si uno abre hoy ciertas revistas y algunos diarios, se queda sin saber cuál es la noticia y cuál la publicidad.

Pruebas al canto, porque, si lo afirmo, mi deber es demostrarlo. En determinadas revistas puede usted ver que arriba ponen un pequeño letrero de franjita azul que dice:
“Contenido especial”. ¿Especial? Puros eufemismos. Léalo y verá que eso es lo mismo que antiguamente se llamaba aviso. El diseño, las fotos y hasta la tipografía son idénticos a los de las páginas noticiosas. Ahí está la trampa.

Si en las revistas llueve, en los diarios no escampa. En los anuncios de página entera han desaparecido últimamente las antiguas señales que le permitían al lector reconocer los avisos. Ahora, en cambio, les ponen un antetítulo que dice ‘Historias para contar’, como si se tratara de una crónica ingeniosa y atractiva.

‘Semana’ y Coronell

La discusión sobre estos temas se ha incrementado escandalosamente en los últimos días a raíz del episodio ocurrido en la revista Semana, que despidió públicamente a su columnista Daniel Coronell por haber criticado con dureza a los responsables de esa empresa editorial en sus propias páginas, acusándolos, incluso, de ocultar gravísimas noticias sobre corrupción del Estado.

Ya se ha informado y opinado ampliamente sobre el tema. Pero, al margen de discutir si el despido de Coronell fue un acto de censura o no, a mí me parece que hay un punto clave en este debate, y lo más extraño es que nadie se haya detenido a examinarlo.

Dicho sin más rodeos: el primer desautorizado por el fundador y dueño de Semana no fue el propio Coronell.

Me explico. Coronell llamó al director de la revista y, antes de enviarle su columna, le contó de lo que estaba escribiendo. Lo discutieron, como debe ser, y después de algunos ajustes el director autorizó su publicación. Pero apenas salió el artículo, el copropietario de Semana Felipe López echó públicamente al periodista. Creo que Coronell pecó por soberbia en su columna y que López hizo lo mismo al despedirlo.

Yo no estoy defendiendo a Coronell ni a Felipe López ni a nadie, sino buscando la verdad, porque este es el momento de mi vida en que más me he cuestionado a mí mismo y a mi propio oficio.

El retorno

Estoy lleno de inquietudes e interrogantes. ¿Desde cuándo son los propietarios de los medios los que aplican las normas de redacción, de ética o de independencia? ¿Para qué están, entonces, el director o el jefe de redacción? Ya no me extrañaría que mañana un gerente, o el segundo auxiliar de contabilidad, destituyan al caricaturista o despidan en masa a los reporteros.

Finalmente, y después del estremecimiento que tamaño escándalo le ocasionó al país, la hija de Felipe López se reunió en Miami con el director de la revista y el propio Coronell. Acordaron que el periodista regrese a seguir escribiendo su columna. De modo que ahora es el director quien desautoriza al propietario. ¿Cómo puede uno entender semejante zafarrancho? Eso parece un rompecabezas.

¿No hubiera sido más aconsejable actuar serena y calmadamente desde el principio, sin dar tantos bandazos, de un modo más reflexivo y racional? ¿Ese es el ejemplo que la prensa le da al país, a este país, que no necesita mucho para volverse conflictivo y armar otra pelotera?

Epílogo

(Déjenme hacer un paréntesis para anotar que Gloria Vallejo, la presidenta del Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB), recordaba en estos días la sentencia inmortal de Albert Camus, el gran periodista y escritor franco-argelino: “Una prensa libre puede ser buena o mala; pero, sin libertad, la prensa solo será mala”. Y sin ética también, digo yo, acá, en la cocina).

Para terminar esta crónica, les pido a todos mis colegas, especialmente a los periodistas más jóvenes y a los que están saliendo de las universidades, que me permitan contarles una breve historia. Un día estaba Jesús reunido con sus apóstoles y les dijo: “Ustedes son la sal de la tierra. Y si ustedes se corrompen, ¿cómo evitar que se corrompa el pueblo?”.

Jamás olviden, muchachos, que, hoy en día, con tanta corrupción y confusión, el periodismo es la última sal que le queda al pueblo.