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Arturo Guerrero: “Uno nunca se las sabe todas, uno nunca deja de aprender”

14 enero 2020 –

Foto: Caracol Radio –

Guillermo Romero, Comunicaciones CPB.

Arturo Guerrero, periodista, escritor y socio del Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB) asegura que gracias a su bachillerato en el colegio San Benito en Sibaté nació su amor por las letras y la filosofía.

“En realidad era un Seminario donde preparaban a los jóvenes para el sacerdocio, nos daban clases de latín, griego, francés, inglés, pero se leía literatura clásica y ahí tomé mi amor por los libros”, recuerda ahora mientras observa su seleccionada biblioteca de unos mil ejemplares.

“El colegio San Benito se acabó y ahora hay una Escuela de Policía”, comenta nostálgico sobre aquellos años de madrugadas y heladas.

Arturo Guerrero es un corajudo escritor y periodista, columnista por demás, que religiosamente durante años ha consignado sus opiniones los miércoles en El Colombiano y los viernes en El Espectador.

Después de estudiar Filosofía encontró en el Periodismo una posibilidad para dar a conocer sus ideas. El mundo de la calle 60, del llamado hipismo, lo llevó a encontrar personas con otros pensamientos.

En esos devaneos encontró al locutor y presentador de Radio 15, Alfonso Lizarazo, quien lo invitó a formar parte de un programa periodístico con jóvenes.

“Era genial. Grandes compañeros. Con múltiples historias y aventuras. Un día entrevistamos a Pelé, que era el ídolo mundial en ese momento. Ese programa tuvo mucha sintonía y luego hablamos con personalidades como Álvaro Gómez Hurtado, quien en un principio no quería hablar, pero luego aceptó y fue muy amable con nosotros y con el público. Era un estilo diferente, nada de acartonamientos del momento”, rememora ahora Arturo Guerrero, socio del CPB desde hace ya más de 30 años.

Unos meses después terminé en El Bogotano, de doña Consuelo de Montejo. “Era una señora muy liberal, opuesta al gobierno de turno, no había censura para nada. A mí me encargaron de los temas laborales, cubrir lo de las marchas, ir a los sindicatos, donde me aplaudían porque era el único medio que les publicaba sus peticiones”, cuenta.

“Una de las manifestaciones que cubrí fue la famosa del 12 de septiembre de 1977 contra Alfonso López Michelsen, que en estos días ha salido a relucir”, agrega.

“En El Bogotano teníamos un jefe de redacción, que antes había sido policía y escolta de doña Consuelo de Montejo. Tipo cuatro de la tarde pasaba por los escritorios e iba diciendo: “muerticos, muerticos, muerticos”. A él sólo le obsesionaban los temas de asesinatos, bandidos, actos delincuenciales. Pero siempre recuerdo al gordito en su desfile vespertino haciendo ese interrogatorio porque con ello haría el titular para el día siguiente”, dice.

Foto: El Colombiano.

“Por esos años me llamaron para formar parte del equipo de Periodistas Asociados, una empresa en la cual estaban Daniel Samper Pizano, Gloria Pachón, Luis Carlos Sarmiento Angulo, Fernando Garavito, María Mercedes Carranza y un tipazo que sabía todo de economía, Alirio Bernal. Esa agencia funcionaba con teletipo. Fue un experimento interesante. Después nacieron Colombia Press y el CIEP”, rememora ahora Arturo.

De allí pasé a la televisión, al Noticiero de las 7 de Juan Guillermo Ríos.

“Cuando recuerdo esa época se me viene a la memoria el adiós repentino de dos compañeros. A María Luisa Mejía, una entrevistadora genial y al paisita, un camarógrafo, los encargaron de investigar por qué se suicidaban las tortugas en la bahía de Utría. Se fueron en una avioneta del Inderena, pero no les alcanzó la gasolina y murieron”.

“Eso fue muy doloroso para los periodistas. Ella era una gran entrevistadora. He conocido a dos entrevistadores capaces de hacer que un niño hable con respuestas especiales: Pacheco y María Luisa Mejía. Ella era capaz de hablar con quien fuera porque sabía interrogar. Ella dejó un vacío muy grande en el noticiero”, relata ahora Arturo mientras bebe un aromático café antioqueño.

TIEMPOS DE SEMANA

“Un día Felipe López me dijo que me pasara para Semana. Me fui para la oficina que tenían en la 85 y allí experimenté la escritura a varios manos. Cuando hacíamos un trabajo periodístico, una investigación, cada redactor iba dando lo que había adelantado y se agregaba al texto. Al final salía un artículo que, incluso, no llevaba firmas”.

Estando en esas le propusieron desde México que, si quería ser corresponsal de la Agencia Latinoamericana de Servicios Especiales de Información, Alesei.

“No se trabajaba la noticia como tal, sino que se elaboraba un material analítico, con cifras, contexto, comentarios de especialistas, análisis de las situaciones. Se buscaba, con el patrocinio de la Unesco, buscar un equilibrio noticioso, dar otra información a la que entregaban en ese momento las grandes agencias como la UPI, AP y otras. En Alasei trabajé unos seis años y estuve en Lima, Santo Domingo y México en reuniones periodísticas”.

“Allí conocí el primer computador. Nos mandaron de México a un experto en el tema, quien nos enseñó desde cómo prenderlo, hasta como integrarlo, por medio de un teléfono a las comunicaciones con la oficina central. Ahí dejé la máquina de escribir. Fue interesante, la corresponsalía extranjera daba horarios libres, escogencia de temas. Un día nos llamaron y nos dijeron que se daba por terminado el contrato por cuestiones de finanzas”, señala.

Arturo persistía en el Periodismo y fue llamado entonces para laborar en la Revista Nueva Frontera. “Teníamos unas reuniones inolvidables como María Mercedes Carranza en la casa del expresidente Carlos Lleras Restrepo. Hacíamos los consejos de redacción cada semana, nos veíamos con Luis Carlos Galán, Gloria Zea, Morris Hart, Rafael Amador. Yo escribía sobre política internacional y gracias a una crónica que hice por los países de la llamada Cortina de Hierro, gané el premio Simón Bolívar”.

Cuando finalizó su paso por la revista, Enrique Santos le pidió que escribiera para Lecturas Dominicales donde hacía artículos sobre viajes, temas culturales, entrevistas con escritores o comentarios de libros. “Nunca estuve de planta en ese diario, pero llevaba semanalmente mis trabajos”.

Foto: Kien y ke.

CON FOTOCOPIAS EN LA MANO

“Yo la verdad, me aburrí de ser el portavoz de los personajes. Un día me propuse decir lo mío, contar lo mío, lo que a mí me parece. Así nací como columnista. Pero era un tema muy complicado porque ese renglón periodístico lo tenían exclusivo los familiares de los dueños de los diarios y algunos gamonales políticos. No se usaban que los redactores fueran columnistas”.

Arturo escribió entonces tres columnas, les sacó fotocopias y se iba para cuanto coctel había con ellas. “Cuando veía a un director se las entregaba diciendo, yo quiero hacer esto”.

“No me respondían, pero un día fui a Tunja y le llevé mis tres artículos: uno sobre el metro de Medellín, otro sobre el Reinado de Cartagena y uno más sobre algo del momento. Se los llevé al médico siquiatra Abel Martínez que era el director del periódico La Tierra. Le dije: “yo escribo esto”. No me respondió, pero a los pocos días me envió los periódicos con las notas publicadas. Así nací como columnista”.

“Yo disparaba para todos lados. Julio Roberto Bermúdez me llevó a escribir a una revista de agro, “Carta ganadera”. Hice boletines acá y allá. En la revista de Avianca también me publicaban.

“Un día en uno de esos cócteles me encontré con Nohra Parra a quien le pedí que me ayudara con Belisario Betancur. Él me atendió, pero me comentó que no iba para La Prensa y que mejor me daba una tarjeta para presentarme a donde Juan Carlos Pastrana. Me puse contento, fui unos días después, pero la secretaria no me colaboró hasta cuando le dije que iba allí por recomendación de Belisario Betancur, entonces me recibieron. Faltaba un mes para comenzar a editarse ese diario”.

“En esos días me llamaron para decirme que tendría una oportunidad para ir a Casa verde, el cuartel general de las FARC. 

“Nos pusieron una cita en una cafetería, nos llevaron con una fotógrafa de la AP y otro periodista y emprendimos un recorrido hasta San Juanito en el Sumapaz. Allí nos subieron a unas mulas y fueron cinco días de recorrido, durmiendo en casas campesinas abandonadas, pero equipadas por las FARC hasta llegar al famoso “Rincón de los viejitos”, como le decían los guerrilleros rasos al sitio donde vivían Jacobo Arenas, Tirofijo y Alfonso Cano. Había unos 700 guerrilleros, tenían salidas de escape, emisora, hospital de campaña, almacén, salón de conferencias, patios de entrenamiento…”.

“Tirofijo vivía en otro sitio, nos recibió, nos tuvo como 10 horas y tenía en la pared de su casa dos mapas de Colombia. En uno los puntos donde estaba el Ejército y el otro, donde estaban los frentes de las FARC. Con ese ejercicio nos comentaba cuánto tiempo les faltaba para llegar al poder. De allí salió también la famosa foto de la guerrillera lavándole los pies a Tirofijo”, recuerda.

“Cuarenta años después la fotógrafa habló con la muchacha de la foto. Ella es Sandra Ramírez, congresista de Colombia”.

Cuando regresé con la crónica, Juan Carlos Pastrana la publicó al domingo siguiente con un despliegue de portada y cuatro páginas interiores. 

“Después hice un trabajo sobre Mathías Rust, el joven que aterrizó en una avioneta en plena plaza roja de Moscú, burlando toda la seguridad aérea de la URSS. Yo firmaba en esos años como “Anarco iris”, una mezcla entre anarquismo y todos los colores. Quería escribir cosas que sorprendieran a los lectores. Fueron nueva años de redacción pura”.

Cuando se acabó el diario marchó a Medellín y pasó por El Colombiano. Llevó sus fotocopias y en esta oportunidad le agregó sus notas en La Prensa.

–Mire, le dije a ella. Esto es lo que hago, no sé si sirva para El Colombiano. Se las dejo, las analiza y me cuenta.

Y la entonces subdirectora no le comentó nada.

Salió para despedirse de una redactora y ella preguntaba: “¿Dónde está el señor que me trajo estos papeles?”.

–Aquí estoy, le contestó Arturo.

–Siga escribiendo, me gustó, le contestó.

Así lleva 30 años y medio, escribiendo cada miércoles.

Y así también ha hecho para El Espectador, donde le publican sus opiniones los viernes.

“Uno nunca se las sabe todas, pero uno nunca deja de aprender. Para escribir hay que tener un freno de mano. Hay que leer bastante y de todo. Se deben buscar diferentes fuentes”, revela el periodista socio del CPB y ganador del Premio CPB 2018 en la categoría de Opinión.

 

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